Yekaterimburgo, capital del constructivismo

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Yekaterimburgo, capital del constructivismo

EFE ReportajesEFE Reportajes – mar, 11 jun 2013

Cuna industrial de Rusia, fundada en el siglo XVII por el zar Pedro el Grande, Yekaterimburgo es cruce de caminos entre Europa y Asia y puerta de Rusia hacia los vastos territorios de Siberia. Dio al monarca el hierro necesario para derrotar a Suecia y, dos siglos más tarde, volvió a mirarse en el espejo como punta de lanza de otro imperio: la Unión Soviética.

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Llamada así en honor de Yekaterina, la mujer de Pedro el Grande, la ciudad de Yekaterimburgo será recordada como el lugar donde los bolcheviques, tras llegar al poder con la Revolución de Octubre, mataron en 1918 a toda la familia del último zar ruso, Nicolás II.

Fundada por el primer emperador ruso, Pedro el Grande, Yekaterimburgo se convirtió en la tumba del último monarca de la dinastía. Hoy, miles de peregrinos y turistas pueden visitar una fiel reproducción del sótano donde fueron fusilados en la Iglesia sobre la Sangre, erigida sobre el lugar de la tragedia.

Poco o nada sabe el forastero visitante que Yekaterimburgo es mucho más que un centro industrial, vetado a los extranjeros hasta la caída de la Unión Soviética en 1991.

Los comunistas cerraron la ciudad a cal y canto junto con su industria militar secreta, creada durante la primera mitad del siglo XX debido a su situación geográfica -a miles de kilómetros de cualquier enemigo externo-, y a la abundancia de recursos naturales.

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También quedó oculto del mundo el extraordinario conjunto artístico-arquitectónico de la urbe que puede presumir de capital mundial de las vanguardias soviéticas gracias a más de 140 edificios constructivistas, levantados en poco más de diez años, entre 1923 y 1934, por insignes arquitectos de la época.

CONVERTIDA EN SVERDLOVSK.

La era dorada del constructivismo en la capital de los Urales, que entre 1924 y 1991 dejó de ser Yekaterimbrugo para convertirse en Sverdlovsk, coincidió con una década de espectacular expansión de la ciudad.

Esta etapa concluyó en 1934 de la misma forma abrupta que había empezado, cuando el régimen del dictador Iósif Stalin abandonó las vanguardias idealistas para recuperar una arquitectura más clásica en otro capítulo de las artes soviéticas, que pasaría a conocerse como neoclasicismo estalinista.

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La llegada en masa de obreros, funcionarios y profesionales cualificados, en pleno auge de la campaña de industrialización, obligó a replantear el urbanismo de una ciudad que en 1923 contaba con menos de 100.000 habitantes. Quince años después eran ya más de 420.000, desplazados de toda Rusia, para reconvertir la urbe en uno de los centros industriales más importantes del país.

Renacía así la esencia histórica de Yekaterimburgo, cuna industrial de Rusia fundada al principio del siglo XVII por el zar que convirtió su país casi feudal en uno de los imperios más temidos y extensos de la Europa ilustrada.

Cruce de caminos entre Europa y Asia, puerta de Rusia hacia los vastos territorios de Siberia, había dado a Pedro I el hierro que necesitaba para derrotar a su gran enemigo, Suecia. Dos siglos más tarde, la ciudad volvía a mirarse en el espejo como punta de lanza de otro gran imperio, la Unión Soviética.

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TRABAJO, OCIO Y FAMILIA, LAS BASES SOCIALISTAS.

La provincial Yekaterimburgo, salpicada de coquetos edificios de dos y tres plantas, resurgió como plaza perfecta para experimentar con una revolucionaria forma de urbanizar, que bebió del idealismo socialista más puro, impaciente por dejar su impronta en todos los ámbitos de la vida en la joven Unión Soviética.

Visionarios de las vanguardias de la talla de Vitali Ginzburg o los hermanos Vesnin arribaron a los Urales para levantar la ciudad del futuro, sin igual en el mundo, en la que trabajo, ocio y familia debían convivir codo con codo en el mismo espacio colectivo, reflejo de una comunidad socialista.

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Miles de viviendas constructivistas se construyeron en las inmediaciones de la nueva industria pesada, eje económico de la región y orgullo para todo el país.

Fábricas como Uralmash o Uralelectromash, que emplearon a miles de personas, crecieron como setas de otoño en el entorno más próximo de Sverdlovsk.

En la más inmediata cercanía a la industria, se levantaron ciudades satélites, concebidas en las antípodas de las urbes dormitorio que, años más tarde, ocuparon las mentes de los urbanistas occidentales.

Clubes sociales, edificios de oficinas, comedores, escuelas y ambulatorios, farmacias y comercios. La ciudad y sus satélites precisaban de todas estas infraestructuras y, todas ellas, se erigieron en barrios constructivos integrales, en los que compartían el espacio urbano.

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URBANISMO IDEALISTA.

El constructivismo nació en la década de 1920 influenciado por las vanguardias modernistas de principios del siglo XX. Atrevidos pintores y escultores rompieron con lo establecido para hallar nuevas formas y conceptos artísticos.

Con su arte pretendían proyectar una sociedad que en nada quería parecerse al mundo que expiró su último aliento en la Primera Guerra Mundial (1914-18).

La funcionalidad en la organización de los espacios interiores, la combinación de formas geométricas sobrias y minimalistas, dominadas por líneas asimétricas, y el rechazo de elementos decorativos, definieron el nuevo movimiento arquitectónico.

“El objetivo del constructivismo era la transformación racional de todos los aspectos de la vida de los ciudadanos soviéticos. Pretendía servirse de la reorganización urbana para la formación de la personalidad del nuevo individuo mediante la creación de espacios ideados para el contacto social: ciudades sociales, viviendas colectivas, guarderías, parques y zonas ajardinadas”, explica el libro “Yekaterimbrugo. La herencia del constructivismo”, firmado por expertos rusos de este movimiento.

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Los nuevos barrios y urbanizaciones buscaban mejorar la calidad de vida de sus habitantes con amplias y luminosas viviendas, patios interiores semicerrados, con zonas deportivas y de ocio en su interior y orientados al sur, para aprovechar los rayos de sol y resguardarse de los crudos vientos árticos.

Ya entonces, las urbanizaciones más grandes integraron infraestructuras con función social, como guarderías, comedores, peluquerías y tiendas.

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La arquitectura al servicio de la comunidad encontró su reflejo en la peculiar distribución del espacio interior de las viviendas. Muchos apartamentos constructivistas no tenían cocina, pues los trabajadores recibían sus tres comidas al día en los comedores colectivos ubicados en cada conjunto de viviendas.

Joyas del constructivismo, hoy siguen casi todas en pie, auténtico gozo para los amantes de las vanguardias, ocultas durante toda su historia y olvidadas con el paso del tiempo.

Reformadas algunas y adaptadas al nuevo capitalismo ruso, en el mejor de los casos, o abandonadas por su incomodidad para la vida moderna. Porque aquellos ideales de comunidad, nada tienen que ver con la sociedad actual, sociedad que se define como global a pesar de cultivar el más atomizado individualismo.

La Yekaterimburgo del siglo XXI se ha apuntado como nadie a esta nueva corriente, tejida y unida por los invisibles hilos de internet, la CNN y los establecimientos de comida y ropa basura, fiel reflejo del consumismo omnipresente de nuestros tiempos y presume, más que de su herencia constructivista, de ser la ciudad con mayor superficie comercial por habitante de toda Rusia.

Por suerte, los más avispados ya se han dado cuenta del tesoro que esconde su patria chica, candidata a organizar la Exposición Universal (EXPO) de 2020.

Si recuperan con esmero y cuidado el legado de sus abuelos e impiden que se pudra en la cuneta de los grandes centros comerciales, el mayor atractivo de la que podría ser la primera EXPO rusa será la propia Yekaterimburgo.

EFE-REPORTAJES.

Fuente que utilizo:

http://es.noticias.yahoo.com

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